María Belén Morales - Carlos Gaviño de Franchy
  

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maría belén morales

  • Carlos Gaviño de Franchy
    Escritor, editor y crítico de arte

    "Esculturas en el Atlántico"

    (Texto para el catálogo de la exposición "María Belén Morales" en la Sala de Arte Paraninfo, Universidad de La Laguna, noviembre de 1986).

    La obra última que María Belén Morales expone la confirma como uno de los más claros valores de la escultura contemporánea española. El esteticismo de las caobas y los bronces, su admiración por las formas de arista curva procedentes de los trabajos sintetizantes de Brancusi o de Arp y de aquellos otros, ligeramente decorativos, de Bárbara Hepwort, ha dado paso al crudo enfrentamiento de la artista con la herrumbrosa simplicidad del hierro laminado y, acaso, al hallazgo definitivo de los aspectos más sólidos de su obra.

    En el nada sencillo arte de la escultura, donde todo parece haber sido hecho o planteado, se nos antojan estas piezas de María Belén Morales de dificilísima filiación. En cualquier caso su propuesta formal de ahora recoge sus propias experiencias, dejando de lado cuanto de cómoda belleza pudiera haberla distraído en el pasado. Belleza que, sin embargo, sigue estando presente en la obra, sólo que en el lugar que, creemos, le corresponde. Porque es la hermosura del oficio, el cuidado extremo y la golosina del perfecto acabado lo que puede, en muchos casos, dar al traste con una obra.

    Salvador Dalí, atraído invariablemente por los logros naturalistas de la pintura explicaba ante una obra suya inacabada «que iba por buen camino, aunque estaba seguro de arruinarla antes de terminar el cuadro». El diálogo de María Belén con la lámina de hierro, la imposible ductilidad del soporte, hace que todo el oficio almacenado en las manos de la escultora se vuelque en los aspectos técnicos de resolución de la obra, en beneficio, definitivamente, de la idea. Porque el oficio, que en pintura puede haber sido ocasionalmente sustituido por la pulsión o el gesto frío, en escultura resulta imprescindible. El mismo oficio que Julio González enseñara a Picasso a cambio de que éste le mostrara la ingeniosa liberalidad del artista. Del equilibrio entre oficio y liberalidad surge la única escultura posible. En nuestros días, levantada la prohibición de cazar en el coto del eclecticismo -o mejor del sincretismo-, nivelar esta balanza resulta bastante complicado. María Belén Morales lo ha conseguido fabricando estas piezas de impecable ejecución en las que, por añadidura, estos y otros aspectos pasan desapercibidos en función de la rotundidad de la simple propuesta escultórica. Es la escultura por sí misma.. La escultura sin las añagazas y los trucos que la obligan las tres dimensiones: un punto más grave que los de1a pintura. No conozco los bocetos de estas piezas, pero estoy seguro de que son exactamente lo mismo que ellas. Nos explicamos: muchas de las esculturas que hoy enriquecen nuestras ramblas fueron unas en el papel y otras en la realidad. Seguimos hablando de equilibrio.

    Y para ser isleñas, archipielágicas o canarias, como ustedes prefieran, estas esculturas, que la artista ha decidido nombrar Serie Atlántica, no han necesitado ser amaneradamente africanas, decididamente americanas, o inútilmente europeas. Son el fruto auténtico e insular del trabajo y de una escultora que hace ya años -no podría decir que muchos sin dejar de ser un caballero- se sabe cerca del arte universal, conocido y disfrutado un día detrás de otro, en la compañía de su íntimo amigo Eduardo Westerdahl. No obstante todavía hay quienes piensan que la influencia de las múltiples aventuras del crítico -surrealismo, racionalismo, Gaceta de Arte- no transgredieron el orden de lo estrictamente amistoso, constituyendo un fenómeno cultural cerrado. A quienes así piensan emplazo a que vean esta obra y expliquen, sin recurrir a un insulso catálogo de fáciles apariencias, sus señas de identidad.

    La exposición se ve completada por una serie de collages realizados en papel canson y finísimos panes de cobre a los que la artista somete a una oxidación intensa, transformándolos en viejos oropeles.

    Y aunque pudiera parecer una contradicción, en estas obras utiliza argumentos desechados en la escultura, alcanzando logros de verdadero interés. Aquí los volúmenes escultóricos se ven aprisionados por la doble dimensión y se recurre a una puesta en escena de los mismos. Son, pues, esculturas metálicas en dos dimensiones. La maestría alcanzada en estos collages tiene tanto que ver con el oficio como con el gusto. Desde los primeros collages en los que utilizó frecuentemente formas ovoides suspendidas hasta las actuales esculturas planas, una larga reflexión sobre la forma, en un proceso inverso que va de la simplificación a una estructuración compleja y representativa. María Belén Morales, irremisiblemente escultora, inventa todo un procedimiento para satisfacer su constante necesidad de interpretar el mundo por medio de la forma de bulto redondo y ante los inconvenientes planteados a todos los de su oficio -la carestía alcanza cotas cercanas a lo prohibitivo en la realización de sus obras -formula un proyecto escultórico y otro, en cada uno de sus collages.

    Y por último las joyas y la serie de murales en acero y metal que reflejan su preocupación por los aspectos secretos del deseo. Una teoría de acercamiento a la erótica de la cultura, cuando el conocimiento se esconde en el interior de un sobre abierto.

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